Desde el bando que se quiera tomar, la sanción a Darwin Quintero pone de relieve el doble rasero con el que mide la Comisión Disciplinaria de la Federación Mexicana de Futbol.
Cualquier seguidor del Cruz Azul o del Santos (especialmente de estos últimos) estará de acuerdo en que la sanción de seis partidos en contra del goleador Colombiano es excesiva. No decimos “injusta” porque su reacción ante las agresiones que sufrió no fue la más apropiada. En ese sentido el jugador no tiene defensa.
Es culpable de agredir a otro jugador. Punto.
Pero una vez más los encargados de repartir los castigos han errado el tiro en una forma espectacular.
Y de paso han abierto un tema que nunca ha sido bien tratado en nuestro deporte nacional.
¿Racismo o “calentura”?
Cuando hablamos de racismo las primeras imágenes que nos vienen a la mente son discursos de Marthin Luther King, o de Tommie Smith y John Carlos en las Olimpiadas de México en 1968, la lucha de Nelson Mandela en Sudáfrica o de los indeseables en la India y en general de todas las formas de discriminación racial alrededor del mundo, que son muchas y están bien documentadas.
Pero cuando Rogelio Chávez le llama a Darwin Quintero “simio de mierda” resulta que no es discriminación ni racismo: es “calentura” del juego, es parte del choque y es algo “que queda dentro de la cancha”...
El problema es que todos estamos atentos a lo que pasa en esa cancha.
Todos vimos lo sucedido y podemos corroborarlo gracias a las muchas repeticiones que podemos encontrar en internet.
Aunque Christian Giménez lo niegue, sus declaraciones generan dos vertientes: por un lado quienes están de acuerdo con él y piensan que uno tiene que aguantarse y quedarse calladito; por el otro aquellos que no aceptan que un jugador de talla internacional, ídolo y modelo a seguir para muchos sea capaz de agredir e insultar impunemente. Ambas vertientes tienden a repetirse en el juego de barrio del domingo, en las calles y en los torneos amateurs.
Pero el desarrollo de las cosas permite darnos cuenta que la Federación no sabe que hacer con un problema que es latente. La buena noticia es que no es tarde para hacer algo al respecto.
Vale aclarar que las versiones de los dos jugadores son encontradas: uno dice que fue insultado, el otro lo niega y los compañeros de ambos jugadores apoyan las versiones de cada uno. Si por el lado de Rogelio Chávez se dice que él no es una persona capaz de proferir insultos racistas, también deberíamos creer que Quintero dice la verdad cuando afirma que fue agredido verbal y físicamente.
¿Sanción ejemplar o Castigo excesivo?
La discrecionalidad y ambigüedad con la que se reparten los castigos a los jugadores es una constante en nuestro deporte nacional.
A los Laguneros aun les queda recurrir estas sanciones, pero de inicio se debe aclarar que sólo las agresiones del jugador local fueron asentadas en el acta del partido. Ni una mención de los insultos o golpes que recibió, por mínimos que éstos sean.
La Comisión Disciplinaria siempre se encuentra en el centro de atención y no por las mejores razones.
El caso de Darwin Quintero es sólo uno más de los casos en los que la Federación dará mucho de que hablar.
Quizá en nuestro país no tengamos una cultura de odio hacia las personas de color, pero el mensaje que envía la Comisión y el seguimiento a este asunto es equivocado: hay que creer que el jugador “nacional” no es capaz de agredir verbalmente y hay que castigar al jugador “negrito” (que además es foráneo) que no le gusta quedarse callado cuando lo insultan.
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